Medidas desesperadas II

El pináculo de mi creatividad sucedió un improbable lunes, pésimo día para ser creativo, por cierto, en el que -jamás-tendré-la-más-sutil-pista-de-cómo-o-por-qué- creé un ambigrama que rezaba el nombre de la chica a quien, en aquel tiempo, cortejaba con ahínco.
Era un ambigrama inédito, espontáneo, fruto de la sobrecarga de endorfinas que recorrían mi torrente sanguíneo, mi red neuronal, mi psique y si nos ponemos estrictamente fisiológicos, una parte de mi cuerpo capaz de dilatarse hasta alcanzar varias veces su tamaño en función de los estímulos externos. Adivinaron: mis pupilas.

El caso es que mis múltiples, sistemáticos y diversos intentos de hacerme acreedor de su amor eterno o (siendo realistas) merecedor de su aceptación como pareja sentimental estable al menos por un tiempo, entre los que naturalmente se incluía aquel improbable ambigrama, llegaron al estadio en el que, como dicen algunos de los más reputados expertos en relaciones interpersonales, nomás no caía.
Y jamás cayó.
Pero descuiden, no pasa na', Nos hicimos buenos amigos. Mantenemos una comunicación intermitente pero de calidad y si tengo la buena fortuna de encontrármela en el sitio que sea, pasamos largo rato conversando. Mi confianza hacia ella es tal, que en una ocasión no me dio vergüenza llamarla en mitad de la noche admitiendo derrotado que estaba perdido y sólo para pedirle que me indicara cómo regresar a mi casa desde determinada parte de la ciudad que ella conocía bien.
O sea que todo terminó bien. Excepto por un detalle.

No es que el hecho de que ella no se sintiese atraída hacia mí me haya ofendido. En absoluto.
Es más, considerando una distribución normal de la población femenil mundial y la variable "atracción hacia Erre", ella caería simplemente dentro de la campana de Gauss. Tan normal como nunca pensó que era. Porque eso sí, ella era hipster antes de que ser hipster fuera mainstream. Pero bueno.
Uno no se puede sentir ofendido por la estadística. Jamás.
El detalle, el quid de la cuestión, el infame qué-tal-si yace en aquel inútil deseo de sinceridad: que fuese un poquitín más apegada a la verdad en cuanto a sus sentimientos, pues. Pero tampoco tanto. Un sencillo no me gustas habría bastado y no la sarta de excusas que rayaban en la pésima prosa (estilo Twilight).

Pero la presente entrada no se trata de cómo aquella mujer me bateó en tres ocasiones distintas. Se trata de cómo las pésimas excusas se convierten en agentes causales de las más desesperadas medidas. Sobre todo dentro del marco contextual de las relaciones interpersonales...

Jimena era bonita. Rodrigo había tenido suerte. Así de fácil. Se conocieron y se enamoraron. Punto. Podría mencionar, con poco riesgo de equivocarme, que fueron parcialmente felices. Y escribo Parcialmente porque, como ya habrán comprobado en alguna ocasión, el cruel felices para siempre que muchos buscan resulta tan improbable en el transcurso de la vida humana que ni la AC universal, habiendo recopilado todos los datos, podría dar una respuesta esclarecedora acerca de cómo alcanzarlo. Así que parcialmente funciona en esta ocasión. 
Jimena era bonita. Ya lo he dicho, pero ahora también diré que era ingenua y joven y como ustedes seguramente ya saben, ser bonita, ingenua y joven es una pésima combinación, así que eso no lo diré. 
Jimena era bonita, ingenua, joven y estaba enamorada de Rodrigo (descripción redundante ya que estar enamorada de Rodrigo no es más que la consecuencia directa de la combinación de los factores anteriores).
Rodrigo era pobre, flojo y tenía pocas ambiciones. Dicha descripción resulta útil e intrigante ya que genera una pregunta obvia y no por ello menos justa o válida: qué diablos veía Jimena en Rodrigo.
Esa misma pregunta había surcado los pensamientos de los padres de Jimena durante meses. Se le pasará, sólo hace falta que conozca más gente, decían.
Rodrigo era pobre, flojo y tenía pocas ambiciones. Y como estas características bastan para hacer creer al resto de la población que su portador es, además, malintencionado y a Rodrigo lo conocí personalmente, haré hincapié en el siguiente punto: en el particular caso de Rodrigo, esto no es así. Rodrigo era una persona bienintencionada pero, como también habrán comprobado en alguna ocasión, como la telequinesis no existe, las buenas intenciones no siempre bastan. 
Ahora, además de la fatal combinación representada por la ingenuidad de Jimena y la holgazanería de Rodrigo, la relación se nutría de un elemento más: la irracional creencia de que ambos estaban destinados a estar juntos, que la deidad de su preferencia así lo había escrito desde antes del Big Bang o cualquiera que fuera la teoría del origen del universo aceptada por el resto de su comunidad. 
Así que poco importaba que hubiera otros pretendientes o que la relación no fuera ni remotamente satisfactoria porque "así había sido escrito, la deidad había pirograbado en sus músculos cardíacos que aquel amor que duraría para siempre". Así de fácil, pensaban. Para qué esforzarse.
Un día, Jimena recibe una noticia que a pesar de contradecir su firme creencia en que la deidad de su preferencia había bendecido su amor desde antes de la colocación de la primera piedra del planeta, parecía provenir también directamente de la deidad en cuestión. Una especie de cláusula anulatoria. Una negación teológica del antecedente. O algo así.
Y es que Jimena había recibido su carta de aceptación para una prestigiosa universidad. En el extranjero. Típico.
No significa nada, se repetían, Lo sabemos en nuestros músculos cardíacos (sic). Ajá.
Una vez Jimena se hubo instalado, las cosas que parecían escritas empezaron a no parecer tan escritas.
Quizá la deidad recordó la existencia de otros casi 7,000 millones de seres humanos y decidió hacer un pequeño ajuste en la lista preestablecida de paridad hombre-mujer. Después de todo, una o dos parejas reacomodadas no afectaban estadísticamente a la población total. Qué más da. 
El tercero en discordia se hace presente. Todo resulta de un encuentro casual, él comparte su alma máter con Jimena. 
Ella lo encuentra guapo, esforzado y ambicioso. Como nunca ha sabido distinguir entre los sentimientos propios y la voluntad de la deidad de su preferencia, asume que la razón por la que su pulso se acelera cada vez que ve a su nuevo compañero es que, de nuevo, en su músculo cardíaco ha sido pirograbada la voluntad de... Ya saben.
Adiós, Rodrigo, Jimena al menos tiene la decencia de avisar.


La medida desesperada.

Rodrigo, que había permanecido en la misma ciudad y con la misma gente para que Jimena al volver no encontrase nada extraño y además porque su motivación orientada al logro nunca fue muy alta que digamos y para quien el único cambio que había tenido el universo en el último año era la escandalosa ausencia de Jimena, estaba francamente destrozado. Un año y medio después, tuvo su oportunidad.
Jimena regresaba de vacaciones.
Un mes para intentar recuperarla. Su plan era perfecto: implicaba esforzarse. Pero había algo que él desconocía, la existencia de su contraparte extranjera.
Cada día de ese mes, Rodrigo se levantaba muy temprano y dedicaba las horas a intentar recuperar a Jimena. La pasaban bien, pero al despedirse cada noche, Jimena repetía la misma frase: no creo que sea el momento oportuno para tener una relación, tomando en cuenta, claro, la voluntad de la deidad. La deidad me indica, a través de una inequívoca preferencia a no estar contigo (inequívoca porque si no la sintiera no sería real y es real porque la siento en lo más profundo de mi músculo cardíaco) que no debo estar contigo. Y luego añadía en tono esperanzador, Todavía.
Ya se imaginarán. Jimena regresó por donde vino y allá permanecerá indefinidamente. Rodrigo la sigue esperando en vano. Lo que ninguno de los dos entiende aún es que la voluntad de la deidad se reducía a un torrente de endorfinas recorriendo su sistema circulatorio y que, en el caso de Jimena, el proveedor de aquel neurotransmisor, simplemente había cambiado de lugar.


Deidades, excusas perfectas para la toma de decisiones personales desde tiempos inmemoriales.















Papá


Aquel atardecer de principios de mayo guardaba pocas promesas para Raúl. El viento mecía los árboles que adornaban el camellón vacío de automóviles por el que transitaba. Quiso disfrutar un momento de aquel oasis de silencio. Se orilló, bajó la ventana y apagó el motor. La mitad de las farolas estaban averiadas y las pocas que quedaban resultaban insuficientes para combatir la oscuridad. La escena le provocaba un sosiego casi infinito; llevaba meses sin un momento de tranquilidad. Inhaló profundamente, faltaban sólo un par de calles para llegar a su casa y un par de semanas para su cumpleaños número treinta y dos. Mejor llego a tiempo, antes de que Lulú se preocupe, pensó, regresando a la realidad de su existencia. 
En su casa, sólo una de las ventanas arrojaba luz hacia la calle. Entró y se dirigió hacia esa habitación. En ella, su esposa permanecía leyendo en un sofá de falso cuero, única pertenencia que había aportado Raúl al nuevo hogar seis años atrás, el resto había sido comprado y elegido por la recién formada pareja. En el aire vibraban las notas de Eva tomando el sol y flotaba el aroma de unas enfrijoladas recién hechas. Caminó hacia ella y su humor mejoró. La besó en la frente sin tocarla con las manos y se dirigió al baño para lavarse. Desde la sala escuchó a su esposa preguntar, Cómo te fue, y él, tras cerrar la llave del agua contestó, Mejor. La música había cesado y ésa era la señal que marcaba la hora de cenar. Raúl escuchó cómo su esposa comenzaba a poner la mesa y de súbito recordó cuán hambriento se encontraba. Agradeció en silencio a Dios que su esposa resultara tan buena cocinera, después de un par de años con la rutina de ensayo y error. Conteniendo su hambre, caminó en dirección opuesta: hacia la habitación más oscura y silenciosa de toda la casa. Abrió la puerta de la manera más sigilosa que pudo, llevaba meses practicando, y se acercó a la cuna que yacía justo en medio del cuarto. Dentro, un bebé dormía apaciblemente. Lo miró desde arriba sin saber bien qué hacer. Permaneció inmóvil y sin proponérselo, por efectos de la libre asociación, comenzó a recordar. Era el primer cumpleaños que pasaría acompañado de su hijo, su primogénito. También era la primera vez en toda su vida en la que la relación entre padre e hijo se hacía presente. Raúl había crecido con la idea de que llorar era malo y era precisamente la razón por la que sentía que se traicionaba a sí mismo derramando un par de lágrimas en silencio frente a su hijo. Le habría gustado escuchar alguna vez una historia en la que su padre permaneciera eternos minutos mirándolo dormir, habría sentido paz al saber que había alguien escapaba temprano del trabajo para intentar encontrarlo despierto. Se habría sentido orgulloso de tener un padre a quien presumirle que él acababa de ser padre. Sin embargo, la vida había optado por hacerlo huérfano y, una vez que se es huérfano, se permanece huérfano para siempre. No se molestó en enjugar sus propias lágrimas, estaba seguro de que despertaría a su hijo. Lo volvió a mirar con los ojos empañados y dejó de sentirse sólo. 

Día de la bandera y otras improbables fechas convergentes

El 24 de febrero se celebra en México el día de la bandera. Seguramente, estimado lector descendiente de la raza de bronce, si puso el mínimo de atención durante su clase de historia en la primaria, usted ya sabrá eso. Sin embargo, el significado de esta fecha, al menos para mí, trasciende el terreno de lo patriótico, lo cívico y lo nacionalista para cruzar al campo de lo personal, de lo tangible, de lo real.
O sea que a mí, el día de la bandera me vale madres.
Antes de que algún incauto caiga en la falacia de creer que el hecho de que la celebración del día de la bandera me importe tanto o menos que el nuevo sencillo de Lady Gaga posee una correlación directa con actitudes verdaderamente dañinas y negativas que minan el desarrollo de nuestro país, me permito la siguiente aclaración: están bien weyes.
No están ustedes para saberlo ni yo para contarlo (porque no es el tema central de la presente entrada) pero creo en México. Casi tanto como los versos.

De cualquier manera, la indiferencia que siento hacia el día de la bandera posee un agente causal que se puede rastrear hasta su singularidad misma, a decir, el inicio de aquella actitud tan criticada por quienes se emborrachan con tequila, gritan Viva México Cabrones cuando salen al extranjero y se avergüenzan a sí mismos y al resto de sus compatriotas con esa actitud chovinista que no hace más que exacerbar los estereotipos que tanto los ofenden cuando un conductor británico del que nunca habían escuchado hablar los utiliza para generar un par de risas inocentes entre su público. Pero, como decía, este no es tema de la presente entrada.
De lo que sí me gustaría escribir, el pensamiento tangencial que me invadió mientras intentaba hacer mi punto, es el siguiente (llegué a esta conclusión después de mucho meditarlo): el día de la bandera, junto con muchas otras fechas empapadas de patriotismo, etcétera, me importan tan poco como consecuencia directa de la pobre educación cívica que recibí durante mis años de formación básica. Sí.
Permítanme elaborar mi punto.

Durante la primaria, los honores a la bandera eran un fraude. Una excusa para que la directora (que posiblemente estaba bajo la influencia de espíritus malignos o simplemente bajo los efectos de un trastorno psicótico inducido por sustancias (no lo sé) mantuviera a todos los niños durante más de una hora a la intemperie, dejando escapar su ira como si el evento mismo se tratara de la válvula de una olla exprés que mantuviera a raya la locura permanente en esa mujer. Como es de esperarse, los niños sabíamos que cada mañana de lunes era, invariablemente, una promesa de regaños, castigos y semanas enteras sin recreo. Muy dictatorial el asunto. Casi tiránico. Como también era de esperarse y guardadas las proporciones, los niños entendíamos perfectamente que un tablero de ajedrez sólo funciona con dos jugadores.
Por eso, nadie cantaba el himno nacional como era debido, ni tomaba distancia como marcaba los cánones de, bueno, tomar la distancia. La escolta se esmeraba en jamás dar los pasos al mismo tiempo y, en cada grupo, siempre había un héroe anónimo que contaba chistes durante el juramento a la bandera, generando explosiones de risas aquí y allá entre el Te prometemos y el Ser siempre fieles (con el interludio de alzar la mano, naturalmente).

Durante la secundaria, la cosa no mejoró mucho. Teníamos la mala costumbre de participar cada quién-sabe-cuánto-pero-más-de-una-vez-al-año en concursos de escoltas y ejecución del himno nacional (por separado). Resulta obvio, entonces, que quienes habían sido los niños que se esforzaban por parecer lo menos patrióticos posibles durante las ceremonias de los lunes ahora eran los adolescentes que no tenían la más mínima intención de prevalecer en dichas competencias, sobre todo porque asistíamos sin preparación previa, entrenados (si un No la caguen, por favor cinco minutos antes de nuestra presentación puede ser considerado como entrenamiento) por profesores negligentes que realizaban su tarea de mala gana, sabedores de que esa clase de actividades no figuraban en su descripción de puestos y que además no los hacían acreedores a una compensación monetaria extra.
Finalmente, mi educación media superior tampoco contribuyó al desarrollo de un espíritu patriota. Ni siquiera había homenaje a la bandera, a excepción de, precisamente, el 24 de febrero. Tres veces en tres años saludé al lábaro patrio sin mucha emoción.
Pero la verdadera razón por la que la celebración del día de la bandera sólo ocupe un pequeño fragmento de mis pensamientos y acciones durante el 24 de febrero, obedece a razones, como mencionaba hace unos cuantos renglones, personales.

Y es que, en un día como hoy pero de 1989, fue parido por su madre (gesta loable y digna de conmemorarse con bombo y platillo ya que el cabrón está más cabezón que yo) uno de los mejores compañeros de viaje que pude conocer sobre este plano existencial. Y el que sigue (si es que hay alguno).
Lo conozco desde que ambos éramos niños, pero no siempre fuimos amigos. Más bien todo lo contrario. Durante años, una sutil rivalidad regía nuestros encuentros. La razón era simple: antes de convertirnos en un par de borrachos irresponsables (a eso de los 18), durante el transcurso de la educación primaria llegamos a redefinir en conjunto el término ñoño siendo él y yo quienes representábamos a nuestras respectivas escuelas en competencias de esas que sirven para medir qué tan burros o no son los niños mexicanos. Matemáticas, Historia, Lengua, etcétera. Hoy, confieso que una de las mayores derrotas de mi vida fue administrada por él, al vencerme en la batalla definitiva en sexto año de primaria. Maldita sea.
En fin. 

Fue que pudimos hacernos amigos hasta que toda esa incómoda experiencia hubo llegado a su fin, tres años más tarde, al empezar la preparatoria en la misma institución educativa. La amistad prosperó prontamente. Él me enseñó a factorizar. Yo le enseñé a vivir. La verdad no: aprendimos juntos. 
Era de esos amigos que te hospedaban en su casa (junto con otros siete, a falta de una mejor palabra, cabrones) todo el fin de semana, sólo con pizza para desayunar, comer y cenar.
De esos rarísimos especímenes con quien estarías dispuesto a salir en una doble cita con las respectivas parejas (extraordinario evento que, a pesar de su improbabilidad,  ha acontecido dos veces durante el transcurso de esta amistad, con diferentes chicas en cada ocasión, me pesa decir, otra cosa que aprendimos juntos fue que a los quince años, ningún para siempre es verdadero, ni a los dieciocho, ni a los veintiuno, pero ya veremos).
La clase de camarada frente a quien,  y ustedes disculparan la mariconada, no te da vergüenza sentarte en las escaleras de algún pasillo a llorar porque te cortaron, o porque perdió tu equipo favorito, o porque maldita sea la razón a veces resulta necesario que tus glándulas lagrimales necesitan entrar en acción.
El tipo con quien hasta el día de hoy te juntas a reconstruir la primera noche de farra de tu vida, que claro, compartiste con él y los otros siete cabrones con los que creciste, teniendo como únicas pistas para llegar a la iluminación de lo que aconteció aquella vez, un mensaje de voz incomprensible almacenado en tu celular, una herida con forma de equis en la palma de la mano de uno de los dos, $1,500 desaparecidos en cuestión de cuatro horas y la ley de hielo aplicada durante dos semanas por la chica que era tu novia en aquel entonces. Y ni así consigues saber qué ocurrió y nadie te quiere decir.
La suerte de ser humano a quien le estrechaste la mano un verano de hace cinco años, sin saber bien qué pedo, cómo iba a ser no estar sentado en el mismo salón de clases que él, sin poner atención, preocupados más por cómo él iba a llegar a ser presidente y tú premio Nobel de literatura sin poseer las más básicas nociones de la estructura socioeconómica de México y los distintas reglas para el uso de la zeta, la ese y la ce.
El ejemplar de homo sapiens cuyo título nobiliario (ya sea amigo, compa, carnaval o valedor) no se desgasta con el tiempo.
Eso celebro yo el 24 de febrero.



Otredad

Pues sí. Antes de continuar con la segunda y la tercera parte de Medidas Desesperadas, un breve cuento.
¿Quién no ha sufrido la maldición de la dolorosa otredad?

"El ventilador hacía girar sus aspas arrojando corrientes de aire por toda la habitación, aún así, dentro reinaba el calor, no podía ser de otra forma. Román fue el primero en despertar, siempre había tenido el sueño frágil. La miró. Parecía haber permanecido en la misma posición durante horas, a pesar de que las sábanas yacían en bulto sobre el suelo y él había despertado mirando hacia el otro lado de manera que desde arriba sus cuerpos formaban una falsa simetría. Puso silenciosamente los pies sobre el suelo, la única parte del cuarto que no había sido impregnado del calor que se desprendía de ellos. Buscó su ropa y tras ponérsela, miró el reloj que colgaba de la pared, faltaba una hora para el amanecer y aunque estaba seguro de que ella no despertaría hasta mucho más tarde, no quería correr ningún riesgo. Descalzo y sosteniendo los zapatos con sus dedos, volvió a mirarla. Su respiración era apenas perceptible y la mitad de su rostro se hallaba oculta con la almohada. Se fijó en sus tobillos, que siempre habían estado un poco hinchados, su ombligo, que siempre había sido un poco saltón, sus pechos, que siempre habían sido pequeños e desiguales, su nariz que nunca tuvo la forma que ella deseó. Miró la cicatriz que ella tenía en el abdomen, consecuencia de una extirpación de emergencia del apéndice y que tantas veces había besado al tiempo que le susurraba promesas que nunca llegarían a cumplirse. Era una mujer como todas y sin embargo al mirarla no podía contemplar otra cosa que no fuera la perfección del amor a punto de extinguirse. La imaginó desnudísima, como en realidad se encontraba, pero en otra cama, su cama. Deseó no saber que ésa era la última vez que aquella escena se repetiría, deseó haber despertado poseedor de la necia incertidumbre a la que la gente se aferra por voluntad propia pero ya no le correspondía esa oportunidad. Desde que lo supo, exactamente dieciocho horas antes, decidió utilizar el tiempo disponible de la mejor manera posible: disfrutando del cuerpo y el alma de aquella mujer a pesar de que el escaso sentido común que aún albergaba –se había deshecho del resto el día en que vio a Jimena por primera vez –lo conminaba a poner tierra de por medio de una vez. Lo ignoró y no fue una buena idea, pero esto no lo supo hasta que hubo consumado su plan. Ahora, estando a una hora del amanecer, el primero que pasaría vacío de la esperanza de volver a ver desnuda a Jimena, quería arrepentirse, pero no era el momento: su piel desprendiendo trazos de la esencia de su amante y la visión de la mujer a la que acaba de hacer el amor apenas unas horas antes se lo impedían de manera cabal. No importaba mucho, tenía que salir de ahí o si no, habría muchísimo tiempo para arrepentirse.
Abandonó el departamento. El sol comenzaba a traer de vuelta la ciudad del sopor de madrugada que la envolvía. Bajó las escaleras y abandonó el edificio por última vez. En el estacionamiento, un taxi con identificaciones del aeropuerto local acababa de detenerse. Sin aminorar el paso ni evidenciar sus movimientos, miró quién salía por una de las puertas traseras del vehículo. Un hombre de traje y con cara de haber dormido mal luchaba por controlar las maletas que traía consigo. Era él, Román lo notó a tiempo para seguir su camino sin levantar sospechas. Debió haber sentido compasión por él, pero el perfume de Jimena era una poción que aún no perdía efectividad y que envenenaba cada gota de sangre que recorría las venas de Román, volviéndolo ajeno a todo lo que no fuera el cuerpo del delito, a decir, el de la desnudez de Jimena. Tenía que compartirla, sí, admitió, pero al menos aquella vez había sido sólo para él. De toda aquella situación, pensó mientras esperaba a que otro taxi, esta vez libre, pasara por donde él estaba, haber salido temprano del departamento de Jimena había sido la única buena idea. Hacía frío, pero su saco lo protegía. Una última vez, Román, le había pedido Jimena dieciocho horas antes, esto se acabó, estoy embarazada. Lástima, se dijo Román. Lástima que esto haya terminado, lástima que me haya enamorado hasta al absurdo de una mujer como Jimena, lástima que esté casada, lástima que vaya a tener un bebé y lástima que no haya tenido el valor de averiguar a quién de los dos le pertenece. Lástima, admitió Román, esta vez lleno de compasión y empatía por el marido de Jimena, que tú te quedes y yo me tenga que ir".

Medidas desesperadas


Se trata de tres historias diferentes, acontecidas no de manera simultánea y sin que exista relación alguna entre ellas. Personajes, lugares, causas y consecuencias pertenecen a distintos universos, realidades incompatibles y esto debe pertenecer así. No obstante, si fuera posible hallar el único punto que las tres historias comparten, sería este: en llegado el momento determinado, los protagonistas de cada historia decidieron implementar medidas desesperadas, una última y mal diseñada táctica a fin de recuperar lo perdido, un Hail Mary arrojado por un quarterback lesionado, en el último cuarto, en su mitad del terreno de juego, con cinco segundos en el reloj. Ilógico, y no por ello menos digno de intentarse. Especialmente al considerar lo que en juego estaba.
Son historias que sí le ocurrieron a alguien, alguna vez. Son historias de las que quizá fui testigo y que ahora comparto para que los actos de sus protagonistas no se pierdan bajo la sombra de hazañas más notorias, sólo porque su genio y su única ambición se limitaban a un terreno que no deja huellas en la historia: el efímero mundo de las emociones humanas. No durante mi guardia.

La primera.

Adán y Eva

Empieza con una promesa. Como Penélope y Ulises. Los de Serrat, no los de Homero. “Piensa en mí, volveré a por ti”. Algo parecido. La trama es simple: casi una crónica de una separación anunciada. Un hombre llamado Adán y una mujer llamada Eva que establecen una sociedad romántica basada en quién sabe. Aquí podría entrar holgadamente una discusión que abarque el conocimiento aportado a la humanidad por varias ciencias y disciplinas, desde sociología y teología hasta termodinámica y teoría de nudos, acerca de lo que realmente une a un hombre y una mujer. Pero no tiene caso. Bastará con decir que se querían y se lo confesaban a menudo. Todo parecía, ante los ojos de quienes observábamos de cerca, ir muy bien.
Una noche, la última que pasan juntos para ser exactos, ambos se prometen bajo un árbol, la lluvia o vaya-usté-a-saber bajo dónde diablos, que esperarán, que nada podrá separarlos, mucho menos la distancia, contrario a la opinión que podría expresar cualquier estudiante de secundaria que haya puesto atención a sus clases de física y que posea un dominio moderado sobre los conceptos de dimensiones espaciales. En fin. Con esa promesa en los labios, Adán se ve forzado al autoexilio del paraíso que había hallado en las caderas de Eva, por haber firmado sin leer los términos y condiciones sanguíneos, empresa que acepta gustosamente, por el simple amor al deber, el sentido de pertenencia que le proveía saberse parte de un selecto grupo de hombres que compartían su nariz, su asma e inexplicablemente su miedo a los autobuses amarillos.

Todo empieza bien. Ya saben, los milagros de la tecnología, el bum de las redes sociales y la comunicación satelital en tiempo real provocan la ilusión de que la cantidad de kilómetros que los separa es cuestión de opiniones. Y basta por algún tiempo. Pero como seguro ya saben, Adán y Eva no se adaptan al frío y, ambos piensan, sin el otro, el mundo es tan frío como el Noveno Círculo. Un día, Adán y Eva despiertan sabiéndolo: se los está cargando el payaso y ni las promesas guardadas los protegen del desgaste, del frío, del gris y del hastío (y es hasta este punto en el que noté la rima). Del pilín, piensa Adán, a quien su apellido le impide volver por Eva, por Penélope, Esperanza (aunque de Esperanza no tuviera más que el nombre) o cómo carajos le llamase a estas alturas del encuentro. Una noche, un pequeño desacuerdo se vuelve incontrolable y ambas partes deciden dar por concluida la sociedad romántica. Aguántese, machín, le aconsejaban algunos, Y concéntrese.

La medida desesperada.

No me busques, no tiene caso, haz lo que tienes que hacer y cuando vuelvas, vemos, le había dicho Eva a Adán aquella noche. A la mañana siguiente, sin dinero y sin avisar, Adán ahora Ulises se embarcó en el viaje de regreso, sin la ayuda de Palas y mucho menos del poderoso caballero. Un último intento, una solicitud de readmisión en el Paraíso. Le sonaba heroico, digno de un cantar de gesta, o al menos de alguna canción en la que colaborara Pitbull. Sin embargo, pa’ como estaban las cosas y aun su suerte, era probable a mitad del camino se viera forzado a volver sobre sus pasos, envuelto en una sábana blanca y con los pies por delante. Contra todo pronóstico y habiendo incluso superado un indecente incidente que involucraba la explosión de uno de los neumáticos del vehículo automotor con el que cruzaba la carretera, Ulises volvió sólo para verse a sí mismo, como en un espejo deformado, arribar justo para el tercer acto en el que un personaje completamente inédito es añadido al Dramatis Personae: el inoportuno reemplazo, uno de los pretendientes que había logrado convencer a Penélope de terminar su tejido.

Sabiéndose una variable insignificante en la nueva ecuación que se acababa de formular, no le quedaban ganas de despedirse. No había Eva, probablemente nunca habría Lilith y todavía debía cruzar mil kilómetros de vuelta a casa y al olvido. A veces, confiesa, le gustaría encontrarse a su Eva, en algún lado, tomando el sol.

Incapacidad Narrativa

Ya saben, pasar tanto tiempo sin ver la televisión no es bueno. Te hace pensar y pareciera como si, de entre todas las posibles conexiones neuronales (que varían entre individuo e individuo pero que sin importar si eres Stephen Hawking o Ninel aún son un chingo) algún mecanismo malvado te hace siempre utilizar las que terminan por llevarte hacia recuerdos que has prometido (innumerables veces) no desempolvar. Imposible.

"Sucedió que al fin la palabra escrita, aquélla que tanto placer me provoca y que tan excelente agente catártico resultó durante muchos años, dejó de ser suficiente. Pensar un poco en lo anterior vuelve evidente la paradoja representada por las presentes líneas pero no estoy de humor para la lógica. Como siempre, intento separar en capas identificables y diferentes entre sí la serie de causalidades que dieron como resultado lo que llamaré mi Incapacidad Narrativa. Pensaba llamarla Incapacidad Literaria pero dudo que la calidad de mi prosa baste para cubrirme del sustantivo literato. No soy pesimista, sólo me comparo con los mejores. Como si de algo sirviera. Volvamos al tema, es decir a la causa de la tristísima Incapacidad Narrativa que me afecta. Pudiera ser que, simplemente, hayan dejado de ocurrirme cosas interesantes qué narrar. No puede ser, pienso, ya que la base de casi todos mis escritos, a pesar de poseer un dejo de realidad, se halla en mi imaginario personal. Lo siguiente, entonces, es pensar que quizá mi imaginario se encuentra lisiado, herido, gris. La idea me aterra. Durante años que suman décadas, el producto de mi imaginación, plasmado en una hoja de papel, había recibido el encargo de evitar que la psicosis de apoderara de mí, como parece ser el caso del día hoy. Quizá más importante aún, el producto de mi imaginación, siempre atado a la realidad mediante una hoja de papel en manos de un lector incauto, había sido el encargado de pagar las facturas. Es importante aclarar lo anterior. He aprendido que sin importar que se esté se completamente loco –desde un punto de vista clínico-, y más aún, sin importar que se sea un verdadero imbécil egocéntrico sin ningún aprecio por el prójimo, todo será perdonado en tanto las obras de uno se hallen en el gusto del público, sea cual sea la definición que se tenga de, precisamente, público. Perdón, mi Incapacidad me obliga a hacer uso de redundancias y circunloquios y eso me enloquece. Es decir, sí, normalmente hago uso de redundancias y circunloquios a la hora de escribir. Puede que incluso haya utilizado un par de metáforas y también ciertas funciones retóricas, pero lo hacía porque quería y no porque, como en este momento, no tengo otra opción. Maldita sea. Desde su estante, ni siquiera la Antología Poética de Antonio Machado con su retrato en la portada es incapaz de inspirarme. Lo mismo sucede con la música, la cinematografía e incluso el retrato que de niños mi hermana pintó para mí y que ahora adorna mi casa. Nada.
Lo más frustrante no es que mi mal se deba a una angustiosa ausencia de cosas por narrar (siempre aderezadas con mi también ausente imaginación), no. Lo más frustrante, el quid de la cuestión es, caballeros, que me hallo repleto de cosas por gritar a quien desee escucharme y, sencillamente, no puedo.
Debería estar escribiendo, por ejemplo, una historia paralela a la cruel mujer que hace un par de meses me abandonó por un compañero de trabajo y que no tuvo la decencia de, al menos, avisar. Por cierto, me refiero a su trabajo, no al mío. Al menos su crueldad no llegó a tanto: desconozco al sujeto. Escribo debería sin apelar a la premisa de que la soledad y el dolor disminuyen en tanto son transformados en palabras. Lo hago porque verdaderamente debería escribir una historia antes de la fecha límite de publicación o si no, perderé mi trabajo. Eso sería inadmisible, una cosa es que el comportamiento de una mujer afecte rompa tu corazón de manera, quizá, irremediable y otra muy diferente que afecte tu desempeño en el trabajo y, en general, la vida. Eso es hacer el ridículo.
Por otro lado también podría usar el hecho anterior y escribirle un pasado alterno, como diría uno de mis escritores favoritos. Quizá diseñar el momento en el que ella y yo alcanzamos la felicidad eterna. O mejor aún, podría inventar un argumento en el que todo sucede tal y como en la realidad a excepción de lo siguiente: en mi historia, y antes de firmar el pacto que la orillará a tomar la decisión de alejarse de mí para siempre e irse con aquel malvado e imbécil pero muy adinerado otro, ella se da cuenta de su error y regresa a mi lado, a mi vida y a mi cama, dejando solo al otro en cuestión pero sin sentirse verdaderamente triste porque como todo hombre abandonado sabe, el otro sólo la quiere para jugar e irremediablemente herirá sus sentimientos. Bueno, sería más acertado decir que, como todo hombre abandonado supone, anhela, cree, espera, el otro sólo la quiere para jugar e irremediablemente herirá sus sentimientos. Así de sencilla resulta a veces la naturaleza del amor. O del odio, según sea el caso.
Perdí, y de una manera un tanto humillante, si me permiten opinar. Al menos hubiera tenido la consideración de exponer las razones por las que decidía cambiarme o evitar ese tonto juego de seguir viéndome por compasión. Ça marche pas. También podría, a fin de combatir la infame incapacidad que me acosa, escribir un pasado en el que la serie de improbabilidades que nos pusieron uno frente a otro no sucedieran jamás. Sería buena idea mantener a los dos personajes alejados del lugar preciso durante el tiempo suficiente y que toda esta tragedia sea evitada. Una vez pasado el momento crítico podría brincar al futuro y crear para ellos el momento perfecto, uno en el que todo salga bien de manera tal que a partir de ese instante y, ad usque mala todo marche acorde al plan. No es mi estilo, es cierto, pero dadas las circunstancias en las que me encuentro, tan corto de tiempo e ideas, no veo ninguna razón que me impida intentarlo y ver si así se cura mi incapacidad.
Pensándolo bien y dada la omnipotencia otorgada por mi condición de narrador, por muy incapaz que sea, se vuelve factible y aun probable la generación de un pasado distinto para cada uno. Que nuestras vidas transcurran de manera paralela y que a través  del futuro las cosas permanezcan igual. Podría, haciendo un último guiño a aquella terrible mujer con la que al menos la pasé bien durante un tiempo, ponerme melancólico y hacer de cada uno de los un personajes, a decir ella y yo, un actor secundario en la historia del otro, un personaje del tipo aquí estoy para ti pero el hado no nos permitirá estar juntos. No suena mal, no hay mucho en riesgo. Pero no sé, esto de la negación como el más elemental de los mecanismos de defensa comienza a parecerme patético, incluso para mis estándares. Al menos mi incapacidad comienza a sanar. Mi corazón también. He descubierto de nuevo que soy capaz de inventarnos, a ella y a mí, la historia que sea, la historia que me hubiera gustado construir para ella en lugar de la que terminé emborronando con tinta indeleble sobre su piel. Podría, de verdad, pero no lo haré. De todas maneras no importa, ella se ha ido y los pasados alternos sólo funcionan en papel".  

Pirotecnia, piñatas y otras cosas inexplicables

Tenía ocho años y disfrutaba enormemente de trepar árboles. Lo hacía todas las tardes después de la escuela y en compañía de mis vecinos: otros seis niños que resultaban ser un par de años más grandes que yo. Juntos éramos un grupo unido que se mantuvo más o menos estable y en funcionamiento durante el final de la década de los noventa, una excelente época para haber sido un niño, si me preguntan. Cada tarde era una aventura diferente, casi con una voz en off, perteneciente a mi futuro yo, narrando con lujo de detalles las emociones experimentaba y las valiosas lecciones que aprendía con cada paso que daba en el camino de la vida*.  

La verdad no. Nuestras aventuras, si es que pueden llamarse así, eran de las que terminaban con ventanas rotas, allanamientos de morada, explosiones, pequeños incendios, madrizas generalizadas contra otros niños y en general, nuestras tardes estaban plagadas del tipo de actividades que casi siempre terminan representando un riesgo no sólo para nuestra integridad física y sano desarrollo psicológico, también eran una amenaza directa en contra de la seguridad y tranquilidad de los demás.

Debido a todo lo anterior, mi madre, quien estaba al tanto de todos los crímenes que su hijo perpetraba cada tarde, sufría de una ansiedad crónica y vivía inmersa en el miedo de que un día mis amigos le llevaran el cadáver de su primogénito hasta su sala, teniendo como último e insuficiente consuelo una inverosímil explicación de cómo fue que el alma de su vástago terminó abandonando su cuerpo de una vez y por todas y, para añadir más efectos trágicos a la narración, a la corta edad de ocho años. Una vez, dicho y desafortunado evento estuvo a punto de ocurrir, pero eso pertenece a otra entrada.

El caso es que mi madre, quien había tenido una infancia tranquila y no por eso menos feliz, no alcanzaba a comprender por qué  aquel grupo de niños al que yo pertenecía (y en el que ocupaba el lugar de menor rango debido al día, mes y año de mi nacimiento, situación que, por cierto, me forzaba continuamente a probar mi valía, arriesgándome más que nadie) tenía en tan poca consideración su integridad física. -Están locos, mijo -repetía continuamente mi madre.

Cuando el reloj marcó las doce, dando inicio el muy improbable último año de la humanidad, recordé la sentencia que mi madre hiciera tantos años atrás. Imaginen lo siguiente.

El minutero no se detenía y el dosmil once agonizaba. Los invitados de la fiesta de fin de año a la que había asistido se encontraban en el exterior de la casa, donde un maniquí de cartón hecho por los anfitriones los esperaba, justo en mitad de la calle y repleto de explosivos caseros. La analogía es sencilla. El maniquí (vestido y adornado como un anciano) representaba el año en curso que justo a las doce de la noche debía morir entre explosiones, llamas y, por qué no, ondas expansivas. Todo sucedió acorde al plan. Emocionados por las llamaradas que abarcaban toda la calle, olvidamos abrazarnos los unos a los otros. También olvidamos un plan de contingencia en caso de que el fuego se saliera de control como, en efecto, llegó a pasar. Un extintor, una cubeta con agua, gente dispuesta a hacer aguas menores sobre el incendio que empezaba a expandirse sobre la calle. No contábamos con nada de eso y tarde nos dimos cuenta. Era momento de abrazarnos ya que probablemente sería la última vez. Un paso hacia atrás. Luego otro. -Todos adentro -se escuchó. Un poco de pánico. Dos minutos después, todo volvía a la normalidad. Claro, el periódico y el papel no pueden arder para siempre. Con todos más tranquilos, el oficial de logística en pirotecnia realizó un recuento: uno de los explosivos de mayor potencia (autores de las ondas expansivas que hacían vibrar ventanas y activaban alarmas) no había hecho combustión durante el evento principal y se hallaba perdido entre las cenizas y el papel. Reclutó un equipo de hombres jóvenes y valientes, asignándoles la tarea de recuperarlo. Recreando vagamente una de las escenas de The Hurt Locker pero versión Los Polivoces, tres adolescentes realizaban la búsqueda ayudados únicamente por palos de escoba y protegidos por sus camisas Hollister. Cuando por fin lo hubieron hallado, procedieron a reactivarlo, hacerlo estallar, dando por concluido el espectáculo pirotécnico de fin de año. Uno muy bueno, sin duda.

No obstante, los riesgos físicos estaban lejos de terminar.

El siguiente escenario: el jardín interior de la casa. Los asistentes, en formación semicircular, contemplan cómo un artefacto de papel y barro cuelga sobre sus cabezas. El objetivo es tan claro como ancestral: destruirlo utilizando como arma un simple palo, esto con el fin de extraer su delicioso contenido. Por si eso no resultara en esencia peligroso (gente reunida en un espacio cerrado, el uso indiscriminado de macanas y el latente riesgo de que tanto el contenido como el artefacto mismo aterrice sobre la cabeza de alguien al desprenderse de la delgada cuerda que los mantiene suspendido), algunos expertos del ritual deciden vendar los ojos del participante en turno y darle vueltas hasta provocarle náuseas a fin de dificultar aún más su tarea y de paso incrementar la probabilidad de que alguien de la multitud reciba un impacto de macana en el rostro mandándolo directamente al paraíso, al infierno o al hospital, dependiendo de la calidad moral de la persona y de la gravedad de la herida. Esto todavía no termina. Una vez logrado el objetivo y con el contenido alto en azúcar diseminado sobre el suelo, comienza una de las más feroces batallas vistas en las modernas civilizaciones occidentales. Se pierden jerarquías y las inviolables consideraciones hacia niños, mujeres y ancianos se tornan irrelevantes: el resto del mundo se vuelve tu enemigo y la lucha no sólo es por reunir la mayor cantidad de dulces posibles, también es por sobrevivir (o que no te madreen tanto). Es breve, es brutal. Es casi un blitzkrieg. Al terminar, quienes poseen el botín se regodean de su éxito y los perdedores vuelven a los brazos de sus seres amados. Se trata a los heridos y se dispone de los muertos. Todo ha terminado y es tiempo de cenar. Abandonamos el campo de batalla, nos sentamos a la mesa, damos gracias por el año que empieza y más aún por las personas con quien compartimos ese nuevo comienzo. Los platos humeantes y las copas llenas hacen que no perdamos más el tiempo. Todos sonreímos. Arriesgar la integridad física en compañía de quien amas y por un poco de diversión. Por qué no.






*Exactamente como en Los años maravillosos.

MMXII

El último día del año empezó de tal forma que a las siete y media de la mañana ya me encontraba de pie en medio de un campo de fútbol, envuelto por la neblina del amanecer y listo para comenzar  la tradicional cáscara de fin de año: un voraz encuentro entre el equipo formado por mi padre y sus amigos y la escuadra improvisada por los vástagos de aquellos aguerridos y futboleros veteranos. 

No es una mala manera de empezar el día, pensé, mientras mi perro me hacía volver completamente al estado de vigilia a través de una serie ininterrumpida de lengüetazos directamente aplicados sobre mi rostro, sobre todo tomando en cuenta episodios en los que el día empezó con la apremiante duda de, Dónde estoy y qué pasó e incluso uno con la clara advertencia de, Levántense que la casa se está cayendo. Nada mal, nada mal.

En fin, pesar de que el equipo contrario poseía una desarrollada técnica y una estrategia que durante años había redituado incontables éxitos e incluso tomando en cuenta que al menos dos de los delanteros del equipo de los chavos poseían rostros que no hacían más que delatar su malestar físico que, aunado al sospechoso hedor a Bacardi que ambos despedían, levantaron en mí la ligera sospecha de que sufrían una inclemente resaca alcohólica, estado, por otro lado, nada peculiar considerando que era sábado en la mañana, ganamos.

Por diferencia de un gol, cabe añadir, un autogol ejecutado durante los primeros minutos del encuentro que le brindó al ya mencionado equipo de los chavos, la ventaja definitiva sobre su andropausica contraparte y claro, desató la ya clásica y anticipada escena, detonada por el típico mal perdedor, de clara negación hacia la victoria del rival y la también ridícula y categórica negación de que nueve más uno es diez y nueve más cero sigue siendo nueve, dando inicio a una de las más antiguas rencillas entre los seres humanos, originada desde que abandonamos el estilo de vida nómada para asentarnos en avanzadas civilizaciones agrícolas: quién ganó la cascarita*.

Tanto da, fue una victoria. La última de año. Mañana, si no perezco durante la tradicional quema de viejo, empezaré otro en el que, haciendo uso de un lenguaje un poco al estilo de autores de libros de superación personal que puedes adquirir en cualquier tienda de autoservicio, casi siempre en el estante que está junto a los calzones, 

vendrá lleno de retos y oportunidades para desarrollarme, alcanzar mis objetivos, conocerme a mí mismo y sobre todo, ser feliz. 

A pesar de lo innecesariamente cursi del enunciado anterior, su veracidad no puede ser tan puesta en duda. Es cierto, cada año, en realidad cada día, es una oportunidad de ser un completo imbécil o, en su defecto, convertirse en mejor persona. Todo depende de quien lo viva. Pero este, su benemérito blog de confianza, no es de los que produce esa clase de textos irritablemente optimistas y dolorosamente desapegados de la realidad. Así que al respecto sólo diré que el próximo año es una nueva oportunidad de aprender. Así de sencillo.

Por último y como siempre, el equipo a cargo de ElmundosegúnErre®, es decir, todos mis álter egos y yo, les deseamos un excelente inicio de año, salud, seguridad financiera, amor, perdón, muchas noches buenas pero sobre todo, deseo que todos y cada uno de ustedes, sean felices. Si no, ¿qué chiste?

Por último, un fragmento de psique. Páselo muy Padre. 

"Dejó de temer. Se había dado cuenta de que la suerte no existía y de que, si el destino se trataba de una farsa colectiva, creada por todos quienes temían a la aterradora incertidumbre del mañana, la improbabilidad estadística todavía guardaba, por pequeñas que fueran, al menos en apariencia,  oportunidades de sobra para reencontrarse con Sofía".











*Algunos antropólogos expertos sostienen la improbable teoría de que la pregunta definitiva hecha por el hombre desde el nacimiento de la civilización en realidad es: de dónde venimos y cuál es nuestro propósito, pero la existencia de múltiples libros sagrados y sistema de creencias afirmando ser poseedoras de la única verdad, y la natural oposición de ideales entre todos ellos, ha provocado que dichas preguntas pasen a segundo plano, permitiendo que los hombres se concentren en discusiones filosóficas de mayor trascendencia como el ejemplo antes mencionado (quién ganó la cascarita) y se dediquen a la resolución de conflictos de vida o muerte como: qué hago para que esa chica me haga caso o, con queso o sin queso.

Cómo no

Vuelve a ser noviembre y la ciudad se adorna de flores, altares, pan, incienso y gente que recuerda a los suyos que ya fueron a encontrarse con quien-esté-del-otro-lado. Unos visitan tumbas y charlan con quien se ha ido, otros se visten de seres inexistentes y celebran que aún permanecen con vida (una excelente razón, si me preguntan. Algunos más miran de lejos: que si se aparece el chamuco, que si esas tradiciones son una clara invasión a la autonomía nacional y blablablá son sus argumentos más utilizados. Existe gente que los escucha pero la gran mayoría ni los pela y deciden pasar la temporada como mejor les parece: visitando panteones, asistiendo a cuanta fiesta de disfraces han sido invitados, comen pan y beben chocolate o simplemente pasan la velada en casa, viendo películas de mostros. Cada quien.
En mi caso, el dos de noviembre resulta una excelente oportunidad para desempolvar mis nulas habilidades como poeta y así componer un par de versos temáticos para honrar a quienes poseen el mal gusto de ser mis amigos. Por ellos y por todos los que también poseen el pésimo gusto de leerme, disfruten la edición 2011 de Calaveras oficiales de ElmundosegúnErre®.

La muerte como cada temporada
Salía a hacer de las suyas
Cosechando almas regadas
Y que canten Aleluya.
Empezó con un tal señor Erre,
“Misógino aprendiz de escritor”,
Y quien de este mes al cierre,
No dejaba de ser acreedor.
De tumbas, flores y besos
Que le debía medio mundo
Y por andar de vagabundo
La muerte adelantó su deceso.
Siguió hasta casa de Mireya
A quién cosechó con todo y gato
Luego fue por González Estrella
Y planeó su asesinato.
“Ahora las dos me ayudarán
A no sentirme tan solita
Y mi casa adornarán
Pa’ que se vea más bonita”.
Es cierto que la Calaca
En el más allá tiene buen gusto
Aunque te meta más susto
Que Luis Carlos con resaca.
Pero lo malo es que la muerte
De sosiego tiene ausencia
Y que se le acabó la suerte
Al pobre de José María
Quien a la muerte confundía
Con su innegable elocuencia,
“Que te calles, que te calles”
La calaca le ordenaba
Porque no te entiendo nada
Y además se me cae la baba.
Era turno de Lulú
Vestida de Rojo y Oro
Echando en francés un choro
En un bonito canesú.
“Sé que has estado muy triste
Y extrañas a Japi, tu perro
Pero como eres mala pa’ los chistes
Te llevaré hacia tu entierro”.
A Marco nunca lo encontraba
Ni en la escuela ni en su depa
Así que lo esperó agazapada
Y le cayó de machincuepa
“Ya te atrapé” le dijo
“y no te irás hasta Escocia”
“Marco, yo te elijo
porque quiero ser tu socia”.
Ahora los dos juntos andan en la chamba
De recolectar almas perdidas
En los breaks cantan la bamba
Y comparten su comida.
“Falta Estela la güerita”
Pensó la Muerte y se puso en acción
“Me la llevaré ahorita
De su taller de Innovación”.
“Ya que estoy aquí y pa’l Real
se me antoja ese de lentes,
de alto intelectual cociente
Se llama, José Daniel Leal.
Se nos fue Pepe, el as
Porque ahora está en el cielo
Medio Tono anda de duelo
Porque ya no toca jazz.
Y así es como termina
La cosecha de este noviembre
Todos los amigos bailan
Con la Muerte, para siempre.
Unos más y otros menos,
Pero todos están contentos
Porque a pesar de haber fallado
Disfrutaron el intento
De a la Flaca haber engañado
Jugando su propio juego.
Así se despiden todos
Para irse a cotorrear,
Del peligro ellos se ríen,
Ya nada los puede matar.





El pastel en el suelo

Mi noveno cumpleaños trajo consigo la peor fiesta de celebración que haya vivido. No se debía a, por ejemplo, el olvido total de mi familia y amiguitos quienes aquel vigésimo sexto día del primer mes tenían algo mucho mejor que hacer que festejar y honrar el aniversario de mi nacimiento. Una fecha que,  por otro lado, resulta de suma importancia para el universo, ya que estoy seguro de que en algún punto a partir de mi muerte y la eternidad, la sociedad humana basará sus valores, comportamiento e incluso estética en mi vida y obra (lo que es exactamente lo que le ocurre a Bill & Ted en una película que he visto ya demasiadas veces).

En realidad sí se acordaron. Mi madre, quien es una experta en logística y planeación, había organizado una pequeña fiesta con pastel, comida chatarra en abundancia, juegos y la presencia de todos mis compañeros de clase, incluidos quienes me caían mal. El caso es que debió ser un buen cumpleaños. Hubo regalos, sí. El pastel de chocolate resultaba apoteósico y la niña que en ese entonces me gustaba había decidido despectivamente no asistir, me enteré días después, pero aquella tarde me valió madres.

Debió ser un buen cumpleaños, es cierto. De esos que recuerdas cuando ya has envejecido y ves a tus nietos celebrar los suyos mientras haces uns aparición especial como abuelo decrépito al que le cuesta mucho trabajo moverse. Pero no fue así. Y es que, entre tanta felicidad, existió un pequeño detalle que arruinó todo. El día anterior, sin reparar en ese ínfimo detalle, había comido algo que, finalmente y después del largo proceso digestivo, me cayó pesado. Muy. 

Así fue como pasé al menos dos horas de mi propia fiesta de cumpleaños encerrado en el baño, arañando las paredes, arrepentido de haber comido loquediablos hubiera comido el día anterior y escuchando cómo, detrás de la puerta, todos se divertían sin mí. Incluso mi mamá, que administraba el proceso de destrucción de la piñata. Hasta la llegada de mi cumpleaños diecidoce, el noveno se mantiene invicto en la categoría peores cumpleaños. Veremos qué trae el próximo año.

Siempre arrastré ese recuerdo como uno de los más tristes de mi infancia y con razón. Pero un día, un día, escuché este anécdota y dejé de quejarme para siempre.

Se trata, como casi siempre de una mujer. Pero no es lo que piensan. Es amiga de mis padres y comparte más o menos su generación, así que por ética profesional excede ligeramente el límite de lo que considero prudente para hacer una movida. Además luego ni funcionan, pero eso es tema de otra entrada.

El universo decidió traerla al mundo el dos de octubre de 1961. Tuvo una infancia como muchas: llena de amor y en general, tranquila y apacible. Habitaba un mundo seguro y digno en el que podía crecer correctamente. Hasta su séptimo cumpleaños. El dos de octubre de 1968, celebraba su cumpleaños en compañía de sus amigos y su familia. Hasta aquí todo bien. Muchísima gente celebraba su cumpleaños ese día. Sin embargo, no todos resultaron ser una niña de siete años cuya familia vivía en el multifamiliar Chihuahua. 

Sólo alcanzo a imaginar lo que ocurrió. El mítin llevándose a cabo afuera, cientos de estudiantes y luego, bueno, lo que todos recordamos. La madre de aquella niña, quien se encontraba igual de desorientada y confundida, debió mantener cierto grado de compostura y aplicar una serie de medidas preventivas para evitar que esos niños pasaran a formar parte de las estadísticas. Quién sabe. Quizá colapsó y perdió el conocimiento dejando a cargo a los niños. Tal vez, presa de un ataque de pánico, tuvo que ser maniatada por los niños para evitar que se pusiera en peligro y también a los demás. Pero seguramente simplemente vivió aquella tarde como todos los demás: con miedo.

Al fin pasó y, descubrieron pronto, todos se encontraban bien. Niños llorando, un pastel en el suelo, padres aterrorizados intentando volver a ver a sus hijos y una festejada que no tenía nada que festejar fue el resultado de aquella velada. No más cumpleaños hasta el próximo, pensó la niña un día después.

La historia termina con la niña convertida en adulta, contando cada que tiene la oportunidad y a quien esté dispuesta a escucharla, el relato de cómo sobrevivió a su propio cumpleaños. No hay miedo ni rencor en su voz. Los años lo han convertido en un episodio divertido. De cualquier manera, y hasta la fecha, ella no lo olvida.






El sobre

Ya se lo imaginarán, una noche te hallas cómodamente en pijama, sentado frente a la televisión, cenando cereal y pensando en lo buena que es la vida. A la siguiente y por alguna razón que escapa a tu intelecto, te ves en la necesidad de lidiar con el ligero, ligerísimo vacío en el pecho que te atormenta desde la mañana. Ya se lo imaginarán, seguro, que la única manera de vencerlo es así.  

"Pensaba en ti, en tu nombre y en la improbable ciudad que teníamos en común. Había anochecido desde hacía horas y el solitario foco que colgaba del dintel era incapaz de vencer la penumbra que invadía el lugar. Sin embargo, fue suficiente para que el sobre que había cruzado miles de kilómetros sólo para terminar tirado frente a mí, una noche en la que lo último que esperaba era recibir noticias de ti, no permaneciera oculto mucho tiempo.
No había explicaciones más allá del remitente, tu particular caligrafía y los sellos postales. De todas formas no hacían falta: ese sobre era tan tuyo como tuya era la costumbre de hacer sorpresas justo un minuto antes del amanecer. Y algo así había vuelto a suceder, sólo que quizá la diferencia horaria había hecho errar los cálculos un par de horas. No importaba mucho. Me arrodillé, tomé el sobre y volví a levantarme. Lo giré entre mis dedos intentando descifrar su contenido. Fue inútil.
Pensaba en ti, en tu nombre y en la improbable ciudad que teníamos en común. El sobre, cumpliendo un propósito para el que probablemente no fue enviado, me hizo recordar, también, que te quiero".


Hay de todo.

Dicen los que saben que Hay de todo en la viña del Señor. Y dicen los que saben hacer reír que, en efecto, hay de todo: Cabernet Sauvignon, Pinot Noir, Merlot y blablablá. Claro que el refrán anterior se refiere a los seres humanos. También la presente entrada de éste, su benemérito blog de confianza que durante meses ha permanecido inactivo. Por lo anterior, ofrezco una sincera disculpa a ustedes, mis leales y queridísimos (5) lectores. 

El caso es que, y estoy seguro de que vuestras mercedes lo han pensado en más de una ocasión, entre las vides, pámpanos y demás símiles agrícolas que usamos a modo de alegorías de la raza humana, existen ciertos frutos que desearíamos no haber conocido. Jamás. Nunca. Nuncanuncanunca. Ya saben, esa gente cuyo único propósito pareciera ser la miseria apoderándose de tu existencia. 

Imagínenlo (o mejor dicho, recuérdenlo). Gente que ha cultivado exitosamente el hábito de cagarla seguido, no importa si a causa de su propia ingenuidad o de plano porque se trata de personas muy malvadas que se deleitan en el dolor de los demás, especialmente el tuyo. Su aparición augura desgracias (totales) como si de un Grim se tratase y en consecuencia, resulta menester un estado de permanente alerta porque además, se presentan de las maneras menos esperadas y en los momentos en que estás comiéndote los mocos más distraído. Una vez más, hay de todo... 

Sin más preámbulos, para deleite de ustedes, Elmundosegúnerre® publica la lista (ficcionada, obviamente) basada en todos en general y nadie en específico de la gente cuyos padres debieron utilizar un método anticonceptivo más eficaz. Ahí les va:

Breve lista (ficcionada, obviamente) basada en todos en general y nadie en específico de la gente cuyos padres debieron utilizar un método anticonceptivo más eficaz.

Uno. El wey que le coquetea a tu novia (o, en su defecto, representa tu competencia directa en el cortejo de determinada señorita). Clásico. Más aún, para terminar con esta especie, el género masculino necesitaría extinguirse. Corolario del punto anterior: probablemente tú seas el wey que le coquetea a la novia de alguien más (guardando las proporciones, claro). La existencia de esta clase de personas es casi parte de la naturaleza y resulta muy fácil identificarlo: es más extrovertido que tú y también, admitámoslo, está más mamado. Mientras tú sales sumiendo la panza de la sala de cine en la que acabas de ver Twilight acompañado de tu chica, él se sube las mangas de la camisa, casi seguro de que alguna puberta de coeficiente intelectual bajo lo confundirá con el actor que interpreta al hombre-que-se-transforma-en-perro-gigante. Es, en pocas palabras, un imbécil. Posee múltiples objetivos, c'est-à-dire, lo puedes encontrar perreando con cualquier ser humano con dos cromosomas equis, incluyendo a tu novia. Su coqueteo es tan descarado, que resulta inofensivo. O eso es lo que te hace creer (y a tu novia también). Son sólo amigos, dice, cuando tú, presa del delirio celotípico, intentas infructuosamente deshacerte de él haciendo uso de alguna maniobra asesina de la familia Corleone. Su existencia resulta incómoda e inoportuna porque, a pesar de sus maniobras de reguetonero en plena grabación de su nuevo videoclip, técnicamente no está haciendo nada malo, con eso de all is fair in love and war.

¿Cómo deshacerte de él? Jugando sucio. Utiliza la técnica del quejica cínico con tu chica y apela a su pobre intelecto, el mal gusto de coquetear con múltiples objetivos, su sutil machismo, su evidente consumo de esteroides, algún defecto físico o de plano suelta la frase "seguro es gay" en el momento en que mejor te parezca. Si eres incapaz de utilizar con pericia esta técnica, ya valiste.

Dos. El individuo que siempre tiene algo que decir. Suelen aparecer donde dos o más personas se reúnen en nombre de la lluvia de ideas, el trabajo en equipo y en general, el progreso de la humanidad ya sea académico o laboral. O sea, siempre hay uno en tu salón o en tu chamba. Defensores acérrimos de la libertad de expresión, no han entendido que el derecho de decir lo que piensas no equivale a la obligación de hacerlo a la menor oportunidad. Son pesados, irritantes y contraproducentes. Están firmemente convencidos de que el hecho de verbalizar cualquier idea que se genera a través de su sinapsis significa honrar los ideales por los que murieron los padres fundadores, los próceres de la patria, los héroes revolucionarios o quiendiablos sea el personaje histórico de su preferencia. Para ellos, liberté, egalité, fraternité queda reducido a decir cuanta pendejada se le ocurra aunque no represente una aportación significativa en la persecución de las metas del grupo al que pertenece. Habla por hablar, pues. Y ni siquiera es gracioso. Se jacta de muchas e increíbles hazañas (véase Gilderoy Lockhart) pero seguramente no es capaz ni de atarse los zapatos sin ver un tutorial en Youtube. Es probable que sea hipster (o al menos lo parece) y halle semejanzas entre las políticas económicas finlandesas, la Ilíada y La Guía el autoestopista galáctico. Si te toca con él en el equipo para la exposición final, deberás ser capaz de alcanzar el nirvana (y así estar exento de escuchar sus jaladas) o muy probablemente seas hallado culpable de asesinato en primer grado al terminar el semestre.

¿Cómo deshacerte de él? Dominando el sutil arte de darle por su lado. Finge escuchar y creer que lo que dice es importante, delégale responsabilidades que parezcan un desafío para su intelecto superior mientras tú y el resto de tu equipo avanzan hacia el éxito. Si crees que el mundo no lo va a extrañar, mátalo.

Tres. La exnovia que sigue metiéndose en tu vida. Si entre tú y ella han logrado concretar aquello de pero seguimos siendo amigos, entonces no pasa na'. En caso contrario, es como tu poltergeist personal. No sólo hace comentarios en tu muro del feis al estilo de GoOoOorDo grx 1000 pr lO de anosHeE (sic) cuando sabe que te encuentras en la implacable búsqueda de la señora (inserte su apellido aquí). Además, lo de anoche se refiere a que, una vez más, la llevaste a su casa mientras se caía de borracha y te decía, Por qué me dejaste, por qué, por qué, en tono trágico, el rimmel corrido y a sabiendas de que fue ella quien te cortó. Certificaría ante un notario público que aún y en secreto sigues enamorado de ella. Le encuentra defectos a todas tus pretendientas y te los comunica de una manera poco educada (véase el punto dos de esta entrada), se pasea frente a ti con sus nuevas conquistas, le manda flores a tu mamá el diez de mayo y además le habla por su nombre de pila (cosa que tú jamás has hecho so pena de recibir una cachetada en l'hocico), coquetea con tus amigos y reclama que también son sus amigos. Conoce todos tus movimientos al punto de que empiezas a sospechar que posee cierto tipo de percepción extrasensorial, clarividencia o algún satélite espía encargado de seguirte a donde vayas. Lo peor de todo: no puedes simplemente decirle córtalas como en la primaria o te arriesgas a ser víctima de algún malvado plan que incluya la revelación de tus secretos más oscuros.

¿Cómo deshacerte de ella? Buena suerte. Finge tu suicidio, róbale la identidad a algún vagabundo e intenta empezar de nuevo en alguna otra parte del país*.

Cuatro (colaboración especial del Pietro). Gente pedante, hipócrita, estúpida y necia (al mismo tiempo). Admitámoslo, los seres humanos no somos buenos o malos. ¿Recuerdan aquéllo de...:
"It may help to understand human affairs to be clear that most of the great triumphs and tragedies of history are caused, not by people being fundametally good or fundamentally bad, but by people being fundamentally people."

Tampoco nacemos sabiendo (y algunos incluso van a la tumba aún sabiendo nada). Todos, todos, todos hemos en alguna ocasión demostrado ser pedantes o hipócrita o estúpidos o necios. Pero es que, lograr amalgamar las cuatro en un sólo ser humano es esforzarse demasiado. El resultado es comúnmente conocido como político, líder religioso, dictador, conductor de programa de variedades en televisión abierta o archivillano de cómics.

¿Cómo deshacerte de él? La humanidad lleva milenios haciéndose la misma pregunta.

Así pues, mis estimados chapulines brincadores, estén prevenidos. Y hagan lo que hagan, piensen antes.










*Como Ricky Starks en The Analyst.

No se hurgue la nariz

'Ora sí. Tendría que estar escribiendo otras cosas, pero como siempre, el duende de la procrastinación intenta apoderarse de mí (susurrándome al oído una interminable lista de cosas por hacer en lugar de concentrarme y que va desde ordenar mis libros alfabéticamente hasta acosar a todas mis exnovias por Facebook) y como la única manera de lograr la inspiración necesaria para escribir es escribiendo, pues escribo. 
En fin, debido al rotundo éxito del manual anterior publicado por ElmundosegúnErre® (del que habrá una segunda parte, lo prometo) los administradores de éste, su blog de confianza, han decidido sacar a la luz pública su útil manual Cómo intentar conquistar a una mujer en siete sencillos pasos y con resultados, sinceramente, mediocres. Disfruten.

Cómo intentar conquistar a una mujer en siete sencillos pasos y con resultados, sinceramente, mediocres.

Uno. Sea inteligente. Si no puede o en el más común de los casos, no quiere, no sea huevón y al menos parézcalo: cierre la boca cuando no esté hablando y enfoque su mirada hacia un punto fijo, de preferencia los ojos de su interlocutora y objeto de su amor. 

Advertencia: bajar la mirada unos cuantos grados (hasta los talentos de la chica, pues) puede traer consigo consecuencias desastrosas. Sea discreto.

Dos. Asienta (de manera visible, moviendo la cabeza hacia arriba y hacia abajo como le enseñó su mamá cuando era niño) ante la aparición de cualquier juicio de valor hecho por su interlocutora aunque usted disienta de manera diametral. ¿Usted votó por el PAN y ella por el PRD? ¿Usted prefiere al Barça y ella al Real Madrid? ¿Qué me dice de la comida? ¿Ella prefiere a Pitbull y usted a Chico Ché? ¿Qué tal los colores? ¿Van a discutir sobre teología? ¡No lo haga! Simplemente asienta y disfrute de su compañía.

Tres. A menos que quiera conseguirse una pinche interesada mujer en cuya escala de valores sobresalgan los bienes materiales y la estabilidad económica, no presuma sus posesiones (o las de su familia) a diestra y siniestra, pero sobre todo, si no quiere quedar como un imbécil, no presuma lo que no posee*. Si lo hace porque cree que su carisma o su aspecto físico no bastan para conquistar a la mujer de sus sueños, sea sincero con usted mismo: ríndase o baje sus estándares de mujer de mis sueños un poquito. Se lo decimos por su bien.

*En estos tiempos, el arte de no ser un pinche presumido jactarse de sus grandes bienes materiales e influencias también le evitará grandes sinsabores y tragos amargos al garantizarle no ser privado de su libertad a fin de pedir una exorbitante suma de dinero a sus seres queridos para ser devuelto levantado por alguna de las instituciones dedicadas al crimen organizado. No sea wey.

Cuatro. Tenga sentido del humor. Pero no abuse, no se convierta en un pinche payaso. Citar a Polo Polo no le conseguirá una segunda cita. Por cierto, si decide utilizar esta técnica, asegúrese de que el objeto de su devoción no sea una mendiga vieja amargada señorita muy seria o sus palabras poseerán efectos contraproducentes.

Cinco. Bajo ninguna circunstancia exponga su lado geek durante las primeras citas. Deje los bóxers de Supermán, el anillo de plástico de Green Lantern, la máscara de Ironman y el martillo de Thor donde pertenecen: en las repisas de su cuarto. Tampoco le enseñe su preciada colección de cómics hasta la noche de bodas. Ahórrese sinsabores y evite frases del tipo, Eres mi Lois Lane, mi Batichica, mi Carol Ferris, mi batería Central de Oa... Eres todo para mí.
No se crea el argumento de The Big Bang Theory. Los nerds nunca se quedan con la chamaca buenorra.

Seis. No se hurgue la nariz frente a ella. Le dará puntos.

Siete. Ignore los cinco pasos anteriores, pero siga al pie de la letra el número seis. A partir de ahí, improvise y sea usted mismo, aunque sea un pobre idiota esquizoide o esquizotípico. Y recuerde sonreír: estadísticamente es fácil encontrar otro ser humano que lo ame por quien es (y que además no sea su propia madre). Sólo salga y búsquelo.

Mermelada celestial

El mundo recibió hace poco una sorpresa muy agradable: no se terminó. De nuevo. Ya lo esperábamos, es cierto. Es decir, se necesitaba estar bien súper idiota para creer que el mundo iba a terminar el día señalado por un hombre que ya se había equivocado anteriormente y que además posee una cara de pinche loco persona que padece algún trastorno psicótico. Sin embargo y dada la ocasionalmente ilusoria proximidad del apocalipsis, puede que algunas personas hayan replanteado su existencia y hecho una retrospectiva de su propia vida y lo que con ella han hecho. O no, quién sabe. 
Quizá algunos hayan decidido esparcir el bien. Otros, un poco espantados por la incertidumbre ante la llegada del fin, hayan tomado la decisión de volverse más espirituales (signifique lo que signifique) y algunos más hayan tomado la decisión de parecer espirituales (signifique lo que signifique) ya que, bueno, serlo es mucho más difícil que parecerlo y las consecuencias a corto plazo son virtualmente idénticas. 

Para todos ellos, ElmundosegúnErre® presenta su útil guía Cómo parecer espiritual sin serlo (signifique lo que signifique). Disfruten.

Cómo parecer espiritual sin serlo y signifique lo que signifique (en siete sencillos pasos).

Uno. Hable con un acento ligeramente sudamericano (aunque no lo sea). Le da un no-sé-qué-que-qué-sé-yo.

Dos. Si usted es un líder eclesiástico, vístase de blanco. Ojo, si usted pertenece a determinada fe y su estilo de vida no va acorde a los cánones que rigen el comportamiento de su comunidad religiosa, más le vale leer lo siguiente antes de continuar con el presente paso. Avisado queda.

Tres. Abuse de los recursos retóricos de la manera más cínica que pueda y afirme que quien no sea capaz de interpretar su discurso es un pecador miembro non-grato.

Ejemplo claro. Digamos que entramos al santuario de la Santísima Mermelada de chabacano sin azúcar (deidad adorada por el antiguo pueblo celta de los sansucrés en el territorio sobre el que actualmente se localiza el condado de Diabetishire. En él, un predicador pronuncia un discurso con la finalidad de exacerbar las cualidades de dicha deidad y que consiste en, más o menos, lo siguiente:

"La magnanimidad de su dulzura supera con creces cualquier sensación terrenal. La belleza del esplendor del color de su consistencia afrutada trae al corazón paz. El regente y analéptico poderío de su sabor es alimento al alma de los tristes. Nos deleitamos en la súper eminente textura de sus trocitos de chabacano y encontramos todo lo que buscamos en ti, oh dulcísima señoría, Mermelada de Chabacano sin azúcar".

Cuatro. Diseñe una pegatina, bumpersticker o calcamonía calcomanía y adhiérala a la superficie más visible de su automóvil con un obvio y humorístico proselitismo de su fe. Ya sabe, si va a ganar a algunos nuevos reclutas, qué mejor manera de hacerlo si no es a través de un ingenioso juego de palabras y un atractivo diseño gráfico. Haga que todos en su comunidad usen pegatinas idénticas en sus respectivos vehículos.
Ejemplo claro. Pegatina con el fondo de un tarro de mermelada y la frase: la vida es dulce, estoy comiéndole.

Cinco. Saque de contexto frases selectas del libro sagrado de su preferencia y malinterprételas al gusto.

Ejemplo claro. Imaginemos un fragmento extraído de la primera epístola del confitero John Paul George Ringo a los Golosenses.

1:1 Regocijaos hijitos míos, pues he encontrado una fórmula para hacer que la mermelada se conserve aún en los larguísimos viajes que vosotros emprendéis ya que sois un pueblo holgazán que decidió nunca desarrollar un sistema agrícola eficiente. 1:2 Así que no os preocupéis más, no tendrán más hambre, porque la mermelada estará con ustedes. 1:3 Pero es menester que recordéis que sólo mientras preparéis le mermelada acorde a la receta que os envío se conservara como os he dicho. 1:4 Además, tenéis que comerla constantemente o si no moriréis de hambre y sed. 
Del anterior texto, utilice, por decir algo, sólo la parte que reza Así que no os preocupéis más, no tendrán más hambre, porque la mermelada estará con ustedes y aplíquela a las situaciones menos parecidas al contexto bajo el que fue redactada, atribuyéndole uno o varios significados conforme a sus deseos y objetivos personales (no importa que sean contradictorios, si su intelecto no alcanza para lograr la coherencia suficiente). No se preocupe y recuerde, si alguien pone en tela de juicio su interpretación, responda diciendo que es un pecador miembro non-grato y que en consecuencia, no entiende la palabra de la Riquísima Santísima Mermelada.

Seis. Redacte una lista de las cosas que le desagraden, molesten y frustren o simplemente no entienda porque no terminó la educación básica (aunque siendo sinceros y pa' como va el país, terminar la educación básica en México tampoco es un gran logro que digamos), aunque no necesariamente sean consideradas malvadas acorde a su libro sagrado y prohíbalas terminantemente, haciéndole creer al resto de sus feligreses que son invención de quienquiera que se oponga a su deidad principal (dentro de su sistema de creencias).

Ejemplo claro. Pensemos que a usted le hace enojar que las mujeres usen un suéter color aguamarina (porque la novia que lo abandonó por un tipo mucho más feo y bruto que usted utilizaba una prenda precisamente así el día en que le hizo saber que lo dejaba) los miércoles, porque bueno, usted fue abandonado un miércoles. Para prohibir dicha conducta sólo filtre en su sermón semanal algo como:

Saben, queridos hermanos, el mundo está mal. Muy mal. Yo lo sé, usted lo sabe. Es decir, ¿han visto las noticias últimamente? Mujeres utilizando suéteres aguamarina los miércoles. Eso no le agrada a la Riquísima Mermelada de Chabacano. ¿Por qué? Bueno, porque el malvado chocolatero que creó la crema de chocolate y avellanas* que comieron los primeros confiteros del mundo y que causó que fuesen expulsados del taller de confitería celestial llevaba un suéter aguamarina aquel día, que además era miércoles. ¡Usar un suéter aguamarina los miércoles es obra del malvado chocolatero (aunque no haya evidencia escrita en nuestro libro sagrado)! Así que no lo hagan.
Siete. No sienta ninguna compasión por su prójimo, ni se preocupe por su devenir espiritual ni concentre absolutamente ningún esfuerzo por remediar el dolor de otros. Eso déjeselo al gobierno. Usted disfrute la vida y la autoridad conferida por el miedo, la ignorancia y la necesidad de otras personas.

Y listo.







*El malvado chocolatero es el enemigo de la Mermelada. Obvio, ¿no creen? 

 
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