El pináculo de mi creatividad sucedió un improbable lunes, pésimo día para ser creativo, por cierto, en el que -jamás-tendré-la-más-sutil-pista-de-cómo-o-por-qué- creé un ambigrama que rezaba el nombre de la chica a quien, en aquel tiempo, cortejaba con ahínco.
Era un ambigrama inédito, espontáneo, fruto de la sobrecarga de endorfinas que recorrían mi torrente sanguíneo, mi red neuronal, mi psique y si nos ponemos estrictamente fisiológicos, una parte de mi cuerpo capaz de dilatarse hasta alcanzar varias veces su tamaño en función de los estímulos externos. Adivinaron: mis pupilas.
El caso es que mis múltiples, sistemáticos y diversos intentos de hacerme acreedor de su amor eterno o (siendo realistas) merecedor de su aceptación como pareja sentimental estable al menos por un tiempo, entre los que naturalmente se incluía aquel improbable ambigrama, llegaron al estadio en el que, como dicen algunos de los más reputados expertos en relaciones interpersonales, nomás no caía.
Y jamás cayó.
Pero descuiden, no pasa na', Nos hicimos buenos amigos. Mantenemos una comunicación intermitente pero de calidad y si tengo la buena fortuna de encontrármela en el sitio que sea, pasamos largo rato conversando. Mi confianza hacia ella es tal, que en una ocasión no me dio vergüenza llamarla en mitad de la noche admitiendo derrotado que estaba perdido y sólo para pedirle que me indicara cómo regresar a mi casa desde determinada parte de la ciudad que ella conocía bien.
O sea que todo terminó bien. Excepto por un detalle.
No es que el hecho de que ella no se sintiese atraída hacia mí me haya ofendido. En absoluto.
Es más, considerando una distribución normal de la población femenil mundial y la variable "atracción hacia Erre", ella caería simplemente dentro de la campana de Gauss. Tan normal como nunca pensó que era. Porque eso sí, ella era hipster antes de que ser hipster fuera mainstream. Pero bueno.
Uno no se puede sentir ofendido por la estadística. Jamás.
El detalle, el quid de la cuestión, el infame qué-tal-si yace en aquel inútil deseo de sinceridad: que fuese un poquitín más apegada a la verdad en cuanto a sus sentimientos, pues. Pero tampoco tanto. Un sencillo no me gustas habría bastado y no la sarta de excusas que rayaban en la pésima prosa (estilo Twilight).
Pero la presente entrada no se trata de cómo aquella mujer me bateó en tres ocasiones distintas. Se trata de cómo las pésimas excusas se convierten en agentes causales de las más desesperadas medidas. Sobre todo dentro del marco contextual de las relaciones interpersonales...
Jimena era bonita. Rodrigo había tenido suerte. Así de fácil. Se conocieron y se enamoraron. Punto. Podría mencionar, con poco riesgo de equivocarme, que fueron parcialmente felices. Y escribo Parcialmente porque, como ya habrán comprobado en alguna ocasión, el cruel felices para siempre que muchos buscan resulta tan improbable en el transcurso de la vida humana que ni la AC universal, habiendo recopilado todos los datos, podría dar una respuesta esclarecedora acerca de cómo alcanzarlo. Así que parcialmente funciona en esta ocasión.
Jimena era bonita. Ya lo he dicho, pero ahora también diré que era ingenua y joven y como ustedes seguramente ya saben, ser bonita, ingenua y joven es una pésima combinación, así que eso no lo diré.
Jimena era bonita, ingenua, joven y estaba enamorada de Rodrigo (descripción redundante ya que estar enamorada de Rodrigo no es más que la consecuencia directa de la combinación de los factores anteriores).
Rodrigo era pobre, flojo y tenía pocas ambiciones. Dicha descripción resulta útil e intrigante ya que genera una pregunta obvia y no por ello menos justa o válida: qué diablos veía Jimena en Rodrigo.
Esa misma pregunta había surcado los pensamientos de los padres de Jimena durante meses. Se le pasará, sólo hace falta que conozca más gente, decían.
Rodrigo era pobre, flojo y tenía pocas ambiciones. Y como estas características bastan para hacer creer al resto de la población que su portador es, además, malintencionado y a Rodrigo lo conocí personalmente, haré hincapié en el siguiente punto: en el particular caso de Rodrigo, esto no es así. Rodrigo era una persona bienintencionada pero, como también habrán comprobado en alguna ocasión, como la telequinesis no existe, las buenas intenciones no siempre bastan.
Ahora, además de la fatal combinación representada por la ingenuidad de Jimena y la holgazanería de Rodrigo, la relación se nutría de un elemento más: la irracional creencia de que ambos estaban destinados a estar juntos, que la deidad de su preferencia así lo había escrito desde antes del Big Bang o cualquiera que fuera la teoría del origen del universo aceptada por el resto de su comunidad.
Así que poco importaba que hubiera otros pretendientes o que la relación no fuera ni remotamente satisfactoria porque "así había sido escrito, la deidad había pirograbado en sus músculos cardíacos que aquel amor que duraría para siempre". Así de fácil, pensaban. Para qué esforzarse.
Un día, Jimena recibe una noticia que a pesar de contradecir su firme creencia en que la deidad de su preferencia había bendecido su amor desde antes de la colocación de la primera piedra del planeta, parecía provenir también directamente de la deidad en cuestión. Una especie de cláusula anulatoria. Una negación teológica del antecedente. O algo así.
Y es que Jimena había recibido su carta de aceptación para una prestigiosa universidad. En el extranjero. Típico.
No significa nada, se repetían, Lo sabemos en nuestros músculos cardíacos (sic). Ajá.
Una vez Jimena se hubo instalado, las cosas que parecían escritas empezaron a no parecer tan escritas.
Quizá la deidad recordó la existencia de otros casi 7,000 millones de seres humanos y decidió hacer un pequeño ajuste en la lista preestablecida de paridad hombre-mujer. Después de todo, una o dos parejas reacomodadas no afectaban estadísticamente a la población total. Qué más da.
El tercero en discordia se hace presente. Todo resulta de un encuentro casual, él comparte su alma máter con Jimena.
Ella lo encuentra guapo, esforzado y ambicioso. Como nunca ha sabido distinguir entre los sentimientos propios y la voluntad de la deidad de su preferencia, asume que la razón por la que su pulso se acelera cada vez que ve a su nuevo compañero es que, de nuevo, en su músculo cardíaco ha sido pirograbada la voluntad de... Ya saben.
Adiós, Rodrigo, Jimena al menos tiene la decencia de avisar.
La medida desesperada.
Rodrigo, que había permanecido en la misma ciudad y con la misma gente para que Jimena al volver no encontrase nada extraño y además porque su motivación orientada al logro nunca fue muy alta que digamos y para quien el único cambio que había tenido el universo en el último año era la escandalosa ausencia de Jimena, estaba francamente destrozado. Un año y medio después, tuvo su oportunidad.
Jimena regresaba de vacaciones.
Un mes para intentar recuperarla. Su plan era perfecto: implicaba esforzarse. Pero había algo que él desconocía, la existencia de su contraparte extranjera.
Cada día de ese mes, Rodrigo se levantaba muy temprano y dedicaba las horas a intentar recuperar a Jimena. La pasaban bien, pero al despedirse cada noche, Jimena repetía la misma frase: no creo que sea el momento oportuno para tener una relación, tomando en cuenta, claro, la voluntad de la deidad. La deidad me indica, a través de una inequívoca preferencia a no estar contigo (inequívoca porque si no la sintiera no sería real y es real porque la siento en lo más profundo de mi músculo cardíaco) que no debo estar contigo. Y luego añadía en tono esperanzador, Todavía.
Ya se imaginarán. Jimena regresó por donde vino y allá permanecerá indefinidamente. Rodrigo la sigue esperando en vano. Lo que ninguno de los dos entiende aún es que la voluntad de la deidad se reducía a un torrente de endorfinas recorriendo su sistema circulatorio y que, en el caso de Jimena, el proveedor de aquel neurotransmisor, simplemente había cambiado de lugar.
Deidades, excusas perfectas para la toma de decisiones personales desde tiempos inmemoriales.
Deidades, excusas perfectas para la toma de decisiones personales desde tiempos inmemoriales.
