El 24 de febrero se celebra en México el día de la bandera. Seguramente, estimado lector descendiente de la raza de bronce, si puso el mínimo de atención durante su clase de historia en la primaria, usted ya sabrá eso. Sin embargo, el significado de esta fecha, al menos para mí, trasciende el terreno de lo patriótico, lo cívico y lo nacionalista para cruzar al campo de lo personal, de lo tangible, de lo real.
O sea que a mí, el día de la bandera me vale madres.
Antes de que algún incauto caiga en la falacia de creer que el hecho de que la celebración del día de la bandera me importe tanto o menos que el nuevo sencillo de Lady Gaga posee una correlación directa con actitudes verdaderamente dañinas y negativas que minan el desarrollo de nuestro país, me permito la siguiente aclaración: están bien weyes.
No están ustedes para saberlo ni yo para contarlo (porque no es el tema central de la presente entrada) pero creo en México. Casi tanto como los versos.
De cualquier manera, la indiferencia que siento hacia el día de la bandera posee un agente causal que se puede rastrear hasta su singularidad misma, a decir, el inicio de aquella actitud tan criticada por quienes se emborrachan con tequila, gritan Viva México Cabrones cuando salen al extranjero y se avergüenzan a sí mismos y al resto de sus compatriotas con esa actitud chovinista que no hace más que exacerbar los estereotipos que tanto los ofenden cuando un conductor británico del que nunca habían escuchado hablar los utiliza para generar un par de risas inocentes entre su público. Pero, como decía, este no es tema de la presente entrada.
De lo que sí me gustaría escribir, el pensamiento tangencial que me invadió mientras intentaba hacer mi punto, es el siguiente (llegué a esta conclusión después de mucho meditarlo): el día de la bandera, junto con muchas otras fechas empapadas de patriotismo, etcétera, me importan tan poco como consecuencia directa de la pobre educación cívica que recibí durante mis años de formación básica. Sí.
Permítanme elaborar mi punto.
Durante la primaria, los honores a la bandera eran un fraude. Una excusa para que la directora (que posiblemente estaba bajo la influencia de espíritus malignos o simplemente bajo los efectos de un trastorno psicótico inducido por sustancias (no lo sé) mantuviera a todos los niños durante más de una hora a la intemperie, dejando escapar su ira como si el evento mismo se tratara de la válvula de una olla exprés que mantuviera a raya la locura permanente en esa mujer. Como es de esperarse, los niños sabíamos que cada mañana de lunes era, invariablemente, una promesa de regaños, castigos y semanas enteras sin recreo. Muy dictatorial el asunto. Casi tiránico. Como también era de esperarse y guardadas las proporciones, los niños entendíamos perfectamente que un tablero de ajedrez sólo funciona con dos jugadores.
Por eso, nadie cantaba el himno nacional como era debido, ni tomaba distancia como marcaba los cánones de, bueno, tomar la distancia. La escolta se esmeraba en jamás dar los pasos al mismo tiempo y, en cada grupo, siempre había un héroe anónimo que contaba chistes durante el juramento a la bandera, generando explosiones de risas aquí y allá entre el Te prometemos y el Ser siempre fieles (con el interludio de alzar la mano, naturalmente).
Durante la secundaria, la cosa no mejoró mucho. Teníamos la mala costumbre de participar cada quién-sabe-cuánto-pero-más-de-una-vez-al-año en concursos de escoltas y ejecución del himno nacional (por separado). Resulta obvio, entonces, que quienes habían sido los niños que se esforzaban por parecer lo menos patrióticos posibles durante las ceremonias de los lunes ahora eran los adolescentes que no tenían la más mínima intención de prevalecer en dichas competencias, sobre todo porque asistíamos sin preparación previa, entrenados (si un No la caguen, por favor cinco minutos antes de nuestra presentación puede ser considerado como entrenamiento) por profesores negligentes que realizaban su tarea de mala gana, sabedores de que esa clase de actividades no figuraban en su descripción de puestos y que además no los hacían acreedores a una compensación monetaria extra.
Finalmente, mi educación media superior tampoco contribuyó al desarrollo de un espíritu patriota. Ni siquiera había homenaje a la bandera, a excepción de, precisamente, el 24 de febrero. Tres veces en tres años saludé al lábaro patrio sin mucha emoción.
Pero la verdadera razón por la que la celebración del día de la bandera sólo ocupe un pequeño fragmento de mis pensamientos y acciones durante el 24 de febrero, obedece a razones, como mencionaba hace unos cuantos renglones, personales.
Y es que, en un día como hoy pero de 1989, fue parido por su madre (gesta loable y digna de conmemorarse con bombo y platillo ya que el cabrón está más cabezón que yo) uno de los mejores compañeros de viaje que pude conocer sobre este plano existencial. Y el que sigue (si es que hay alguno).
Lo conozco desde que ambos éramos niños, pero no siempre fuimos amigos. Más bien todo lo contrario. Durante años, una sutil rivalidad regía nuestros encuentros. La razón era simple: antes de convertirnos en un par de borrachos irresponsables (a eso de los 18), durante el transcurso de la educación primaria llegamos a redefinir en conjunto el término ñoño siendo él y yo quienes representábamos a nuestras respectivas escuelas en competencias de esas que sirven para medir qué tan burros o no son los niños mexicanos. Matemáticas, Historia, Lengua, etcétera. Hoy, confieso que una de las mayores derrotas de mi vida fue administrada por él, al vencerme en la batalla definitiva en sexto año de primaria. Maldita sea.
En fin.
Fue que pudimos hacernos amigos hasta que toda esa incómoda experiencia hubo llegado a su fin, tres años más tarde, al empezar la preparatoria en la misma institución educativa. La amistad prosperó prontamente. Él me enseñó a factorizar. Yo le enseñé a vivir. La verdad no: aprendimos juntos.
Era de esos amigos que te hospedaban en su casa (junto con otros siete, a falta de una mejor palabra, cabrones) todo el fin de semana, sólo con pizza para desayunar, comer y cenar.
De esos rarísimos especímenes con quien estarías dispuesto a salir en una doble cita con las respectivas parejas (extraordinario evento que, a pesar de su improbabilidad, ha acontecido dos veces durante el transcurso de esta amistad, con diferentes chicas en cada ocasión, me pesa decir, otra cosa que aprendimos juntos fue que a los quince años, ningún para siempre es verdadero, ni a los dieciocho, ni a los veintiuno, pero ya veremos).
La clase de camarada frente a quien, y ustedes disculparan la mariconada, no te da vergüenza sentarte en las escaleras de algún pasillo a llorar porque te cortaron, o porque perdió tu equipo favorito, o porque maldita sea la razón a veces resulta necesario que tus glándulas lagrimales necesitan entrar en acción.
El tipo con quien hasta el día de hoy te juntas a reconstruir la primera noche de farra de tu vida, que claro, compartiste con él y los otros siete cabrones con los que creciste, teniendo como únicas pistas para llegar a la iluminación de lo que aconteció aquella vez, un mensaje de voz incomprensible almacenado en tu celular, una herida con forma de equis en la palma de la mano de uno de los dos, $1,500 desaparecidos en cuestión de cuatro horas y la ley de hielo aplicada durante dos semanas por la chica que era tu novia en aquel entonces. Y ni así consigues saber qué ocurrió y nadie te quiere decir.
La suerte de ser humano a quien le estrechaste la mano un verano de hace cinco años, sin saber bien qué pedo, cómo iba a ser no estar sentado en el mismo salón de clases que él, sin poner atención, preocupados más por cómo él iba a llegar a ser presidente y tú premio Nobel de literatura sin poseer las más básicas nociones de la estructura socioeconómica de México y los distintas reglas para el uso de la zeta, la ese y la ce.
El ejemplar de homo sapiens cuyo título nobiliario (ya sea amigo, compa, carnaval o valedor) no se desgasta con el tiempo.
Eso celebro yo el 24 de febrero.







